martes, 21 de agosto de 2012

ADOCTRINANDO...Y LOS PONTÍFICES DE LA DEMOCRACIA


“En los últimos días ha tomado estado público la utilización de insignias y discursos de neto corte político y partidario por parte de militantes de la agrupación La Cámpora”, indicó el diputado radical Ricardo Gil Lavedra, que presentó un pedido de informes al Ejecutivo para que brinde explicaciones.”

El ministro de Educación porteño, Esteban Bullrich, manifestó por su parte una “profunda preocupación por actos de adoctrinamiento político que está realizando La Cámpora en las escuelas del país y que la señora Presidenta ha avalado”.
Algunos toman estos hechos y nos traen a la memoria que en los dos primeros gobiernos peronistas (1946-1955) se editaron  libros siguiendo las orientaciones de los nuevos programas de estudio dictados por el Ministerio de Educación de la Nación.  (Nada nuevo por cierto, esto lo había criticado Arturo Jauretche en esa misma época, y también lo hace José P. Feinmann en “Peronismo. Filosofía Política De Una Obstinación Argentina”)
Se ocupan entonces de los libros que la historiografía educativa de Argentina denomina “textos peronistas” por haber sido “muchos de ellos expresamente elaborados con el propósito de servir de instrumento para la difusión del ideario peronista. Recuerdan esto y hablan de “adoctrinamiento”…
Entonces, podemos preguntarnos: entre esos textos y la tarea de “adoctrinamiento de La Campora.. ¿no había entrado para nada la “doctrina” a las escuelas..?

"Con la caída del peronismo y el acceso al poder de la autodenominada “Revolución   Libertadora" en 1955, se inicia un proceso de reorganización profunda de la economía y se desencadena otro de exclusión política popular. Los nuevos rumbos económicos marcan la apertura al capital extranjero, la concentración de capitales, la renovación tecnológica, la disminución relativa de la demanda de trabajo y la redistribución negativa de los ingresos (Tomado de: ROMERO, L. A. (1995) Sectores populares. Cultura y política. Ed. Sudamericana, Buenos Aires).

La instauración de la „Revolución Libertadora‟ ha promovido la destrucción de los libros de lectura que contuvieran simbología peronista. Este intento de borrar la memoria tiene como consecuencias la necesidad de reeditar libros escritos en el marco de la reforma de 1942 y editar nuevos textos, acordes con las nuevas maneras de entender lo social. Así, asistimos a un momento en que en los libros de estudio  no figuraba el período presidencial de 1946 a 1955…

“La nueva mirada sobre lo social lleva consigo la revisión de los programas para la escuela primaria. En 1956, durante el gobierno de facto de Pedro E. Aramburu y estando Acdeel Ernesto Salas como Ministro de Educación y Justicia de la Nación, la Provincia de Buenos Aires modifica los diseños curriculares.
En este marco cambia la noción de orden social. En el modelo curricular de principios de siglo el mismo estaba establecido por las normas jurídicas (formación de ciudadanía) y las normas morales y de urbanidad („buenas costumbres‟). Las instituciones “ordenadoras” son varias: la escuela, la familia, la vecindad, en donde los niños van construyendo la noción de lo correcto e incorrecto, lo bueno y lo malo, el niño prolijo, limpio, ordenado, educado, ahorrativo, contrapuesto al niño sucio, desordenado, goloso, no ahorrativo, holgazán. En el nuevo diseño la idea de „norma‟ es desplazada por la de „pauta social‟: “La educación familiar primero y la escolar después tratan de desarrollar en los niños y jóvenes hábitos de conducta que satisfagan [las normas de conducta y convivencia que los adultos adoptan y cuyo respeto consideran convenientes]” Se entiende por adaptación social “las formas de respuestas elaboradas por el individuo a su medio social y evaluadas en términos de las normas que el grupo cultural al cual pertenece considera aceptables, deseables o conducentes al éxito”.  En el diseño del ‟57 la „madurez‟ y la „adaptación social‟ se entienden desde la concepción de „formación de una personalidad sana‟ en tanto que se adapta a las „pautas sociales‟ diferentes según el circuito de formación que el sujeto recorra acorde con su adscripción en la estructura social. El proceso de adaptación social del niño se cumple respetando las diferencias individuales y su capacidad para asimilar esas formas de conducta de acuerdo a su nivel de madurez.
Un niño desarrolla una personalidad sana cuando logra satisfacer las necesidades y exhibir -sin entrar en conflicto consigo mismo o con su medio social-: seguridad y confianza en sí mismo, capacidad para la autoexpresión, la amistad, las nuevas y variadas experiencias personales y la satisfacción de diferentes necesidades físicas; eficiencia intelectual, equilibrio y madurez social y afectiva; sentimiento de valor personal; reconocimiento de sus aptitudes, capacidades y sentimientos; autocontrol; independencia y enfrentamiento con la realidad.”
Estos libros tendrán varias reediciones entre 1957 y 1967 (algunos hasta 1973), período en que se suceden en el gobierno la llamada „Revolución Libertadora‟, el gobierno desarrollista de Frondizi, la propuesta radical de Illia y la „Revolución Argentina‟ de Onganía, aunque ya en este período comienza a gestarse la reforma educativa impulsada por el Ministro Guillermo Borda y el Secretario de Estado José Mariano Astigueta, Ley de Educación de 1968.” [1]

Y después… una “doctrina” que marcó nuestras vidas, la de todos, no solamente la de los escolares,  durante varios años… la “Doctrina de la Seguridad Nacional”, donde los “adoctrinadores” de la Escuela de las Américas, “adoctrinaban” a nuestros militares. Según esta Doctrina, cualquier amenaza a la Seguridad Nacional de EE. UU. originada en cualquier parte del mundo, constituía una acción a favor de la potencia enemiga de EE. UU., la URSS. Existía la convicción, en ciertas áreas del gobierno estadounidense, de que el bloque comunista (surgido después de la Segunda Guerra Mundial) tenía como principal objetivo el convertirse en la única potencia mundial y reorganizar la sociedad mediante la expansión del comunismo soviético.
Desde 1960 y hasta los años ochenta, los gobiernos militares de toda América latina fueron influidos por la Doctrina de la Seguridad Nacional. En ella se sostenía que las fuerzas armadas debían hacerse cargo del poder como forma de defensa frente a lo que llamaban "la amenaza marxista". También prescribía que, en esta lucha, las fuerzas armadas podían utilizar todo tipo de recursos, incluyendo la tortura y el asesinato.
La llamada doctrina considera a los propios ciudadanos de un país como posibles amenazas a la seguridad, por eso, Videla puede decir:

“El terrorista no sólo es considerado tal por matar con un arma o colocar una bomba, sino también por activar a través de ideas contrarias a nuestra civilización [...].” (La Prensa, 08/12/ 1977)

En la larga noche negra de la última Dictadura Cívico Militar era habitual que diversos ministerios reciban, en particular el del Interior, a cargo de Albano Harguindeguy, llamados o cartas de “ciudadanos comunes”, quienes denunciaban la existencia de literatura “prohibida” en librerías. Algunos de esos libros podían ser infantiles, novelas o clásicos, pero lo relevante en la construcción cotidiana del terror que se vivía por aquellos años era la censura de los mismos, y, con la mejor de las suertes para sus propietarios, la clausura de los locales en cuestión.
Y llegamos a absurdos como:
"La última dictadura militar (1976-1983), intentó, entre otras cosas, suprimir la enseñanza de la matemática moderna, pues el método axiomático permite la construcción de distintos sistemas matemáticos, algo que puede llevar a los alumnos a plantearse cuestionamientos. No estaba permitido rebelarse contra el estado, ni aun en el pensamiento."
(Fuentes: Gregorio Klimovsky, Las desventuras del conocimiento científico, A•Z Editora, Buenos Aires, Argentina, 6ta. edición, 2005, pág. 403)

Existía una serie de libros infantiles "prohibidos", por fomentar el accionar "subversivo" desde los primeros años de vida. Aquí  una muy pequeña lista de la prohibición:

  • La torre de cubos (de Laura Devetach)
  • Un elefante ocupa mucho espacio (de Elsa Bornemann)
  • El pueblo que no quería ser gris (Augusto Bianco)


Y la lista continúa. En el sitio de la fuente, podrán encontrar información mas detallada, títulos y motivos:

El 29 de abril de 1976, Luciano Benjamín Menéndez, jefe del III Cuerpo de Ejército con asiento en Córdoba, ordenó una quema colectiva de libros, entre los que se hallaban obras de Proust, García Márquez, Cortázar, Neruda, Vargas Llosa, Saint-Exupéry, Galeano... Dijo que lo hacía "a fin de que no quede ninguna parte de estos libros, folletos, revistas... para que con este material no se siga engañando a nuestros hijos". Y agregó: "De la misma manera que destruimos por el fuego la documentación perniciosa que afecta al intelecto y nuestra manera de ser cristiana, serán destruidos los enemigos del alma argentina". (Diario La Opinión, 30 de abril de 1976).

Leer, esa  imprescindible actividad que actúa como un abdominal para la inteligencia, se convirtió en mala palabra, en “acto subversivo”. La censura sobre las letras hizo que cantidades de libros queden bajo tierra, y los pocos que circulaban respondían a los intereses militares. En los establecimientos educativos se difundieron dos listas: una de “textos censurados” y otra de “autores permitidos”. Salvo excepciones,  el “catálogo para el lector” se repitió como  un “padrenuestro”-en esa época en la que la palabra  “Padre” era  evocada para prostituirla, usándola para justificar los actos más inhumanos-.
En el área específica de la biblioteca de la Facultad de Filosofía y Humanidades,  de la Universidad Nacional de Córdoba, el  13 de septiembre de 1976 los bibliotecarios recibieron en su día un curioso presente: el delegado militar impuesto por el régimen en esta Facultad, el mayor Ricardo Romero, ordenó mediante la Resolución Decanal Nº 455, art. 1°:
“[...] sean retirados de la Biblioteca de esta Facultad las obras pertenecientes a los siguientes
autores: […] Ernst BLOCH, Herbert MARCUSE, Roger GARAUDY, Lewis ALTHUSSER, Paulo FREIRE, y cualquier otra obra que pertenezca al mismo corte ideológico”.
Quedando, como lo explicita el art. 4°:
“absolutamente prohibido la entrega de los libros mencionados en el art. 1° a los alumnos”
La mencionada resolución dispuso que aproximadamente 300 títulos de la colección de esa biblioteca fueran sacados de las estanterías, lugar que durante muchos años habían ocupado. La bibliografía censurada permaneció en el depósito de la biblioteca, en el Pabellón Residencial de la ciudad universitaria, donde la misma estaba emplazada por aquel entonces.”
(Federico Zeballos; El terrorismo de Estado en las bibliotecas. Córdoba, 1976-1983)

Los militares quemaron un millón y medio de libros del Centro Editor de América Latina. Ante semejante cifra quizás alguno piense que estas veinticuatro toneladas y media de onocimiento ardieron en el fuego en diferentes momentos durante los años de la dictadura. No, se quivoca. Esta atrocidad se dio en un sólo día: el 26 de junio de 1980. Imagínemos como se decapitó el pensamiento durante los siete años en los que los militares estuvieron al poder.
Podríamos seguir con ejemplos, abundan.
Claro, alguno podrá argumentar “no hay signos, banderías partidarias”, como en el caso de La Campora…pero ¿se puede negar la clara orientación ideológica..?
La dictadura vació de sentido nuestro lenguaje, nos robó el poder de las palabras. Es vergonzoso, por ejemplo, que varios manuales escolares y unos cuantos libros de historia llamen “Proceso de Reorganización Nacional” a los siete años que marcaron con sangre nuestra historia. Urge preguntar: ¿Qué se re-organizó?

Pero esos mismos que nos hablan del fascismo de este gobierno, pontifican sobre la democracia….¿dijeron algo en esa época..? ¿guardaron silencio..? ¿o eran los que difundían las máximas de la “Doctrina de Seguridad Nacional, incitando a la delación, señalando libros y autores “peligrosos”…? Ya lo decía  Jorge Rafael Videla:


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[1] Extractado de: Noemí Milton; María Inés Piriz; Sara Pallma “Escenas de la Infancia en los libros de lectura de los primeros grados durante el desarrollismo (1957-1968)”

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