domingo, 24 de abril de 2016

ALEJANDRO OLMOS, ESE DESCONOCIDO.

Alejandro Olmos fue un patriota admirable y luchador hasta el último día de su vida, a quien el 90 por ciento de sus compatriotas desconoce porque en vida fue sistemáticamente ignorado por los representantes del pensamiento “políticamente correcto”, a quienes Arturo Jauretche definió como “los profetas del odio”: académicos e historiadores oficialistas, portavoces de la cultura liberal.
Después de los fusilamientos del 9 de junio de 1956, el semanario Palabra Argentina, dirigido por Alejandro Olmos, se atreve a organizar Marchas del Silencio para desagraviar a las víctimas. Uno de los fusilados, el coronel Ricardo Ibazeta, es primo y amigo de Olmos. Dos mil o tres mil personas parten de las avenidas Córdoba y 9 de julio rumbo a la Plaza San Martín para depositar flores en el monumento del Libertador, desafiantes a pesar del miedo. Aguantan la represión policial y los gases lacrimógenos.
  El periódico, fundado el 13 de noviembre de 1955, tiene apenas ocho páginas pero desafía la represión del Decreto 4161. Lleva por subtítulo una frase: “La Tribuna del pueblo al servicio del país”. Es uno de los principales órganos de la Resistencia Peronista y llega a vender 250 mil ejemplares, por lo que se cree que cuenta con un millón de lectores.
  En un editorial, Palabra Argentina se presenta como “tribuna de argentinos frente a la conspiración de los delincuentes públicos”. Afirma que “prostituido el funcionamiento de las instituciones y convertida en lonja de mercado esta democracia de contubernios y negocios, el país será argentino y soberano cuando el pueblo vuelva al poder”. Llega a publicar 160 números, en medio de allanamientos a la redacción, secuestros de ediciones completas, censura y cárcel.
 Desde muy joven comparte el pensamiento político de historiadores, políticos y escritores como José Luis Torres, Ernesto Palacio, Manuel Gálvez, Raúl Scalabrini Ortiz, Arturo Jauretche. Apoya el movimiento militar de junio de 1943, que acaba con una década de corrupción y fraudes, y se une al naciente peronismo en octubre de 1945.
  Al año siguiente, sin embargo, Olmos se opone activamente a que Argentina suscriba el Tratado de Chapultepec por considerar que significa un alineamiento automático con Estados Unidos. Impugna el acuerdo ante la justicia federal y solicita su nulidad.
  En 1947, mientras es secretario del Concejo Deliberante de Vicente López, también impugna el Plan Siderúrgico Argentino de junio de ese año porque se basa en “la asociación del Estado con una empresa extranjera que pretende inaceptables beneficios”.
  Luego del derrocamiento del gobierno peronista en septiembre de 1955, Olmos pudo -por su prestigio intelectual- unirse al sector nacionalista de la Revolución Libertadora. Elige, sin embargo, erigirse en portavoz de los vencidos y en noviembre lanza Palabra Argentina. Clausurado varias veces, el semanario reaparece en 1958 y se publica con intermitencias hasta 1965.
  A lo largo de sus años, el pensador y luchador de origen tucumano escapa al paredón de fusilamiento, vive prófugo o termina en la cárcel. Estuvo preso durante los gobiernos de Aramburu y Rojas y de Frondizi. La persecución llega a tal extremo que es privado de sus documentos de identidad y, durante mucho tiempo, no existe legalmente. Sin embargo, nunca claudica, ni baja los brazos.
  Todavía bajo el gobierno de Raúl Alfonsín (1983-1989), el primer ministerio del Interior después de la dictadura militar respalda a la Policía Federal en su intención de convertir a Olmos en un ser anónimo, sin documentación personal. El periodista presenta un amparo ante los jueces pero lo rechazan en primera y segunda instancia. Lleva el caso entonces ante la Suprema Corte de Justicia y logra, luego de dos años, que el tribunal falle a su favor y ordene al Estado que le entregue los documentos de identidad a los que tiene derecho como ciudadano.
  En 1973, luego del retorno definitivo de Perón al país y durante la tercera presidencia del general, le proponen ocupar algún puesto público. No acepta. Quienes lo conocieron aseguran que su respuesta fue: “Yo no sirvo para esto. En los momentos difíciles, sí; en los triunfos, no”. En el libro Vida de Scalabrini Ortiz, Norberto Galasso reivindica que Olmos -igual que el cura Hernán Benítez, Antonio Framini, Arturo Jauretche, Alejandro Leloir y John William Cooke- “entra en todos los barullos, pero nunca en la lista de cobranzas”.
Olmos es protagonista de una epopeya del siglo veintiuno: logra que la Justicia declare que la deuda externa argentina contraída desde 1976 era “ilegítima y fraudulenta”.
  Luego de una exhaustiva investigación, el 4 de abril de 1982 -mientras la dictadura militar fomenta la euforia popular por la invasión a las Islas Malvinas- Olmos se presenta como querellante al Juzgado Criminal Federal N° 2 e inicia el juicio a la deuda externa. Sigue aportando pruebas prácticamente hasta el último día de su vida.
  En el transcurso de 18 años, Olmos trabaja solitariamente, arriesgando dinero y salud. La causa N° 14.467 Reúne 30 cuerpos principales de expedientes y más de 500 anexos. Más de 50 peritos trabajan en la investigación. Se presentaron más de 40 testigos e igual cantidad de declaraciones informativas. El juez Jorge Ballestero detectó más de 470 operaciones económicas y financieras ilegítimas.
  Olmos integra la delegación argentina a la Conferencia de la Organización Internacional de Trabajo en Ginebra en 1986. Durante los dos gobiernos de Carlos Saúl Menem (1989-1999), vuelve a ser silenciado sistemáticamente igual que en la época de la Revolución Libertadora.
  Como carece de recursos para realizar una campaña informativa y los medios de comunicación lo ignoran, Olmos publica en 1990 el libro Todo lo que usted quiso saber sobre la deuda externa y siempre se lo ocultaron. Cinco años después, organiza un juicio popular -lamentablemente sin peso legal- presidido por el Premio Nobel de la Paz 1980, Adolfo Pérez Esquivel, que impone “condenas morales” a los ex ministros de Economía Alfredo Martínez de Hoz, Domingo Cavallo y otros cómplices del saqueo. A mediados de 1995, crea el Foro Argentino de la Deuda Externa.
  Olmos fallece el 24 de abril del 2000, a los 76 años, sin siquiera enterarse que había triunfado en su lucha de casi dos décadas.  
 El 13 de julio, 80 días después de su muerte, el juez Ballestero dictamina que la deuda externa de la Nación “ha resultado groseramente incrementada a partir del año 1976 mediante la instrumentación de una política económica vulgar y agraviante que puso de rodillas al país a través de diversos métodos [.] que tendían, entre otras cosas, a sostener empresas y negocios privados -nacionales y extranjeros- en desmedro de sociedades y empresas del Estado que, a través de una política dirigida, se fueron empobreciendo día a día”. El fallo del magistrado, de 195 páginas, declara la deuda como “ilegal, inmoral, ilegítima y fraudulenta”.
  Al momento de redactar estas líneas, Olmos no figura en ninguna enciclopedia, diccionario biográfico o libro de historia argentina.
  En “La vida de un militante”, que se lee a modo de dedicatoria en la cuarta edición de “Todo lo que usted quiso saber sobre la deuda externa…”, Norberto Galasso escribe: “Búsquelo en el Diccionario de los Argentinos, Hombres y Mujeres del Siglo XX, editado por el diario Página/12. Revise: No aparece. Ahora, vaya a la Enciclopedia Visual de la Argentina, editada por Clarín. Tampoco”.
  Al igual que tantos otros pensadores nacionales, Alejandro Olmos es un “maldito” para la historia oficial y un ilustre desconocido para los medios de comunicación “políticamente correctos”. Como cuando en la década del 60 le negaron los documentos de identidad, muchos quieren que no exista.
                                                                          (Extractado de Roberto Bardini, en Nac & Pop)
 

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