jueves, 7 de abril de 2016

DENUNCIAS EN EL MOMENTO OPORTUNO



Una joyita, el juez...

En los años 70 militó en Guardia de Hierro, una organización de la derecha peronista que sería semillero de notorios cuadros como José Luis Manzano y Matilde Menéndez.
En 1983, con el retorno de la democracia, Bonadío se vinculó al Frente de Unidad Peronista, la línea interna de Eduardo Vaca y Miguel Angel Toma que dominó por años el aparato del PJ de Capital Federal, aliada al megadenunciado intendente Carlos Grosso.
Fue asesor en el Concejo Deliberante y en los albores del menemismo Vaca lo acercó al estudio jurídico de Carlos Corach, quien lo insertó en la Justicia Federal luego de acceder al Ministerio del Interior de la Nación, aún cuando carecía de la más mínima “carrera judicial” y a pesar de no ser jurista de nota en especialidad alguna.


Bonadío no olvidará ese enorme favor y lo pagará con creces sobreseyendo a diversos funcionarios públicos del menemismo acusados por hechos de corrupción, de la talla del ex interventor del PAMI, Víctor Alderete. Por este último expediente, será denunciado por la Oficina Anticorrupción, quien lo acusará de haber realizado “manejos sospechosos” en una causa para beneficiar al cuestionado personaje.

En sentido similar, a principios de agosto de 2009, Bonadío será citado a declarar por el Consejo de la Magistratura acusado de "mal desempeño" por presuntas irregularidades en el trámite de una causa que investigaba créditos otorgados al grupo Yoma.
La mayor celebridad de Bonadío llegará de la mano del ex ministro de Economía, Domingo Cavallo, quien lo incluyó en la célebre servilleta donde reposaban los nombres de jueces federales entonces afines al gobierno.

Cuenta con antecedente en lo que hace a denuncias "en el momento oportuno"...

El juez Bonadío y sus demonios: El miércoles 13 de agosto de 2003, el juez Claudio Bonadío -a quien se ligó en los años 70 al grupo peronista Guardia de Hierro- hizo detener a Roberto Cirilo Perdía y a Fernando Vaca Narvaja. Los grupos militantes y el periodismo advirtieron de pronto que, parcialmente, el episodio era parte de la maniobra del menú de la coyuntura del país. Bonadío, que había declarado en primer término la inconstitucionalidad de las leyes de Punto Final, pidió detener a los ex Montoneros, y a Interpol, la captura internacional de Mario Eduardo Firmenich, radicado en la ciudad de Barcelona. No hizo lo mismo con Videla o Massera. El hecho era grandilocuente, aprovechaba para adecuar posición ante el mundo, aunque, como si se tratara de una discusión interna entre peronistas de aquellos años, el juez acusaba a los detenidos de actuar presuntamente como entregadores de de la tropa de Montoneros que actuó en las "contraofensivas" de 1979 y 1980, en la que cayeron y fueron desaparecidos unos veinte militantes peronistas. Bonadío quería cuestionar si habían sido colaboradores de los militares incriminados por la represión ilegal y habían entregado a sus compañeros. Frente a las políticas agresivas de Kirchner, el hecho lograría interpretarse como una lectura hacia el pasado. Romper las leyes de Punto Final y Obediencia Debida para detener insurgentes era una interpretación al revés. Bonadío, al igual que Sábato, debatía con sus demonios.

El año 1976 a escena
A través de Bonadío, una parte de la Justicia, que jamás había sido acusada por su connivencia con la dictadura cívico-militar de 1976, deseaba asentar (detenidos ya los altos jefes militares responsables de la represión) la teoría de los dos demonios que había forjado Alfonsín. ¿No sería justamente un demonio esa Justicia que apañó "el proceso" de Videla y de Massera, y dio su aval para escamotear en silencio los crímenes y las desapariciones? Bonadío y la Justicia, que reclamaba su lugar en el mundo, volvían a hacer real tiempos pasados. Eso podría explicar, en parte, la conducta de una parte de la Justicia que hacía en la causa una creación, trasladando a la mesa de los argumentos las conjeturas no corroboradas sobre potenciales connivencias entre la conducción montonera y sectores del ejército, y reabría heridas para desviar las causas hacia el pasado con el propósito de protegerse de los pesados retratos del presente.
En el cuadro de situación, un episodio de la Justicia a nivel internacional actuó sobre la puesta en escena de la Justicia local. No era para ingenuos considerar que la detención de Perdía y de Vaca Narvaja se producía a dos semanas de que el juez español Baltasar Garzón lograra la detención de cuarenta y un militares y de un civil, incriminados por crímenes de lesa humanidad, y a 24 horas de que la Cámara de Diputados de la Nación anulara las leyes de Obediencia Debida y de Punto Final en un hecho histórico que reafirmaría el itinerario elegido por Kirchner y su gobierno.
Con él reaparecía el Estado y una nueva legalidad que recogía del pasado las banderas históricas del peronismo. En otras palabras, Bonadío y la Justicia, acosada por las implicaciones de una profundización de la política de derechos humanos, respondían a un Kirchner que comenzaba a exponer su camino. En ese punto, este mismo era vinculado con la trayectoria montonera aunque hubiera sido solo un aguerrido militante universitario.
Bonadío argumentó en esa ocasión que "existe un grado de sospecha que en el secuestro, privación ilegal de la libertad, su posterior desaparición forzada y homicidios" de una quincena de montoneros "habrían tenido responsabilidad los integrantes.de la conducción nacional de esa organización". "En los fundamentos de la medida, Bonadío afirmó que la conducción nacional (Montoneros) era consciente del riesgo que se corría al ordenar el regreso al país de los militantes que estaban en el exterior", en la Contraofensiva.
El 22 de octubre de 2003, la Cámara Federal Sala II del Tribunal de Alzada liberó a Fernando Vaca Narvaja y a Roberto Perdía, dejaba sin efecto el pedido de captura de Mario Firmerich y, al cuestionar la causa, exigió investigar al juez Bonadío y lo denunció al Consejo de la Magistratura. A su vez, establecía que las detenciones habían sido "arbitrarias y sin sustento probatorio". Bonadío pretendió enredar al gobierno de Néstor Kirchner en la doctrina de los dos demonios a favor de sectores corporativos y oligárquicos, que pretendían retrotraer el país a la dictadura cuando en la Argentina se recuperaba la esperanza en un país nuevo. No comprendía que era un juez de la Nación, no un militante de Guardia de Hierro. Igualmente Bonadío abría una polémica que iba a atravesar todo el gobierno de Kirchner con el fantasma de los años setenta.
Ese incidente sería el último de los que usaron los medios y los intereses políticos para asociar el gobierno de Kirchner con Montoneros. Después, cuando se afirmó La Cámpora como la organización de las nuevas generaciones que se comprometía con la política, volverían a aunar, con cierto grado de perversión, pasado y presente, a pesar de que ninguno de los militantes que reunía el Cuervo Larroque hubiera siquiera vivido los episodios con los que se los relacionaba. Era como si, para cierto periodismo, Montoneros se hubiera convertido en un comodín, sin contraindicaciones en el prospecto.



No hay comentarios:

Publicar un comentario